January 17, 2018 by ConTextos

DIOS TIENE CACHITOS

El pasado diciembre, cerramos otro proceso del programa de escritura creativa Soy Autor. Esta vez, con jóvenes privados de libertad de la Granja para Jóvenes en Conflicto con la Ley ubicada en Ilobasco, Cabañas. Además de ser famoso por la fabricación de artesanías en barro y madera, este municipio también aloja otras dos instituciones de encierro para hombres jóvenes y adultos. 16 nuevos autores de entre 18 y 24 años publicaban sus memorias ilustradas, en medio de una celebración en la cancha de usos múltiples, bajo el ardiente sol y la mirada ansiosa de visitantes locales y extranjeros.

Iniciando en julio, por su buen comportamiento, la dirección del centro, los seleccionó para poder ser parte de este programa de 22 clases, 2 veces a la semana. Aprendieron desde seleccionar qué historia contar, hasta los patrones de ilustración que transmitieran emociones agregando valor al texto y como hablar de este proceso con los más de 100 asistentes al evento. “Ganaron” ese privilegio al portarse bien, ser participativos y sumisos al régimen meritocrático con el que el centro es administrado por un director ingeniero agrónomo que así como puede ser disciplinado a la antigua, puede también cantar canciones de esperanza en un evento público.

La Granja, como la conocemos, inició sus operaciones hace casi cuatro años, cuando paradójicamente Soy Autor iniciaba su primera generación con jóvenes talento de una escuela pública local y sus programas extracurriculares. Ha sido interesante a través de los años encontrar necesidades tan parecidas que superficialmente pueden parecer tan diferentes entre la libertad y el encierro. Por un momento hace olvidar que los mismos jóvenes de comunidades en riesgo de violencia, son los candidatos más probables para pasar el resto de su vida internos con extremas medidas de internamiento. Los jóvenes de esta prisión no son tan diferentes de los que hemos encontrado en los salones de clases.

La Granja se alimenta de adolescentes que son trasladados en continuación a su medida de encierro del Instituto Salvadoreño para la Niñez y la Adolescencia (ISNA). Es decir, si un menor de edad tiene conflicto con la ley es encerrado en una de las instalaciones del ISNA, según su afinidad a las pandillas o “territorio” del que provenga. La condena mayor para un menor de edad, por delito, es de 15 años. Eso significa que si uno de estos adolescentes comete uno o más delitos, cuando cumple los 18 años, es trasladado a La Granja para seguir purgando su medida. Para muchos de nuestros autores, ese era el caso. Pasarían encerrados por los siguientes 10, 15, 25 años de su vida.

Las instalaciones tienen capacidad para 888 internos distribuidos en 3 sectores, de nuevo, según su afinidad pandilleril. Hasta esta fecha de celebración se contaba 860 espacios ocupados, considerando que los ingresos son mucho mayores a los egresos.

Durante nuestro trabajo en esta cárcel, porque no puede llamarse de otra manera (centro de inserción o reinserción si la mayor medida es el encierro extremo), trabajamos con jóvenes retirados de las dos estructuras delincuenciales más conocidas de El Salvador. Son 16 jóvenes, pero 17 autores. Karla, la trabajadora social del sector que fue asignada como nuestro apoyo también participó en el proceso, luego hay 13 jóvenes que dicen no pertenecer a una pandilla y que se les conoce así, como los “Retirados”. Para defenderse de cualquier consecuencia que esta nueva decisión mortal les traiga, han decidido también organizarse y su sentido de pertenencia se evidencia en nuevos tatuajes alusivos a la ERE, su nuevo refugio que también deberán defender.

Luego, hay 3 jóvenes a los que ya ni la ERE los sedujo: Francisco, que nunca fue realmente un pandillero activo, pero igual fue tratado como tal, después William, comerciante por naturaleza y que tienen en común que no tienen familiares que los visiten. Finalmente está José de 24 años. Lleva 9 años en el sistema, los tatuajes en la piel blanca de su cara, cuentan que no ha conocido otro mundo. Esto coincide con lo que en cada sesión el nos permite conocer. “Ya este año me toca salir”, nos dice de vez en cuando. Quizás es una forma de darse esperanza, porque casi todos lo dicen, y lo dicen a menudo. Sin embargo, se llegó diciembre y José y los demás, cumplen otro año encerrados. Cuando veo a José, pienso en todos los cambios del mundo que se ha perdido y lo extraño que será para él, cuando el día por fin se llegue en el que pueda salir. Sin embargo, no puede volver a su casa, su familia ya no está, los que fueron sus amigos lo ven como un traidor, si va a cualquier territorio, es una presa fácil para ambos bandos. ¿Adónde se va a ir?

Entre sus tatuajes destacan dos cachitos en su frente en alusión a la que una vez fue la pandilla que lideró pero que igual lo traicionó, quitándole a su hermano. Así se repiten las historias que hicieron cambiar el amor por el odio a lo que una vez pertenecieron. Cada vez que hablo con él, descubro cosas nuevas. “¿Usted sabe como hacer para viajar a Costa Rica? Ahí dicen que lo ven mal a uno por los tatuajes”. José no sabe si tiene acta de nacimiento, no sabe como tramitar sus documentos de identidad, ni siquiera sabe si en una frontera lo van a dejar salir. “Si no puedo hacerlo por las buenas, aunque sea mojado me voy a ir”. Sabe que no vivirá mucho afuera. Sabe que nuestra propia gente no lo aceptará por quien es y quien ha sido.

Al mirarlo me insiste una frase de San Ignacio de Loyola que mi compañero formador Melvin Moreno, quien trabaja en un centro de encierro para señoritas, repite cada vez para animarnos: “Descubrir el rostro de Dios en todo y en todos”. Y así lo hago, decido descubrir que Dios tiene cuernos. Eso elijo y creo. Lo veo en el rostro de José añorando una vida distinta, una nueva oportunidad de ser alguien diferente. Pero, ¿Qué pasa con la gente que no cree en lo mismo que yo creo? ¿Que no ha escuchado a José? Es fácil encontrar una postura de víctimas o victimarios para él como para el resto de privados de libertad cuando solo hay una perspectiva de la verdad. Es fácil cuestionar el porqué trabajar y dedicar tiempo y recursos a esta población cuando hay niños en las escuelas con necesidades desatendidas.

Insisto en la idea que muchos jóvenes como José serán hombres adultos cuando salgan de nuevo al mundo con muchas etapas de su vida suprimidas. Ni ellos ni el mundo estarán listos para recibirse. Estas historias se cuentan por cientos. Ante el rechazo, muchos de estos jóvenes deciden perpetuar su vida en el encierro, siendo el único mundo en el que tienen un techo, una familia y los tres tiempos de comida cuando el resto de la sociedad les ha dado la espalda.

Nosotros no estamos listos para recibir a estos jóvenes. No nos sentiríamos cómodos si viajan con nosotros en el transporte público, o si se presentan como clientes de nuestro negocio o si son ellos quienes administran uno, si son novios de nuestras hermanas o hijas. La estigmatización generacional no nos dejaría reconocer que son humanos, que yerran como nosotros pero que pueden redimirse también, como nosotros.

Soy Autor ha sido el medio para dar voz a estas verdades. Pero esa voz necesita ser escuchada en masas. El encarcelamiento está en cada sociedad y cada quién lo interpreta a como lo conoce. Es necesario dar perspectiva para construir un significado diferente.

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