March 2, 2016 by ConTextos

NO A TODOS NOS PASA

Aquí, entre placazos  de letras y números mal hechos, basureros contrastados con quebradas, milpas y barrancos, quizás hay menos opciones para ser mejores que otros. No fué diferente para César y Neto, dos hermanos morenos y de pelos parados; uno flaco y el otro barrigón. Hijos de don Neto, un hombre canoso y de bigote, vigilante de profesión. Hijos de Carmen, una mujer baja de estatura y de labios gruesos. Carolina hija de Carmen y un anónimo, con tantas lágrimas reprimidas por su padrastro desde sus ocho años que sus viejos lentes no podían esconder.

Don Neto, trabajaba para vivir y vivía para trabajar. Siempre se preocupó por poner pan honesto sobre la mesa, con disciplina, los amaba. Que vayan a la escuela, ellos van a ser los jefes y no los vigilantes decía. La vida era dura, pero parecía que sólo podía mejorar. Mientras el hombre trabajaba, los viajes por las veredas del cafetal con su canasto en las temporadas de corta y después pasar a visitar a los abuelos, parecían lo mejor de la vida para los hermanos. Era la vida, tan simple como eso. Un papá que trabaja y no tome, una mamá que los lleve y traiga de la escuela, casa y comida. Lo mejor de la vida.

Don Neto salió de su casa una mañana de marzo. Agarró el bus al centro. Encontró un asiento desocupado cerca del motorista, puso a un lado su corvo envainado y adornado con un espejo y las letras El Salvador. Un cuarto de hora más tarde su rutina se rompería cuando los seis tiros de un revólver se descargaran en su pecho y en su cara.  Un hombrecito, casi un niño, difícil de creer que pueda levantar un arma que causara tanto daño, se alejaba lentamente de la escena con una sonrisa de algarabía. Todos los demás pasajeros hicieron lo único que puede hacerse; ver, oír, callar y correr.

Pobrecito… otro muerto…  Algo debía… Dicen que fué el Spooky… decían entre dientes algunos curiosos que al pasar en los otros buses tan despacio como podían, les permitían levantarse de sus asientos y ver para casi disfrutar de aquel cuadro que adornaba la hora pico del tráfico de la mañana. Como haya sido, el cuerpo de aquel hombre yacía con la cabeza en sus rodillas escurriendo sangre. Es que no es lo mismo leerlo o escucharlo, que verlo o peor aún, vivirlo. No son los mismos escalofríos.

Casi mediodía y detrás de la línea amarilla, el llanto de aquella mujer y la sangre en el piso, se habían secado. César y Neto entendían poco, pero si sabían que después del día en que bajaran a su papá en en la tierra blanca en esa caja de madera barata, olorosa a barniz y cubierta de crisantemos, ya no volvería a pasar a comprar del pan corriente como todos los días. Su pensión ahora debía llenar ese vacío. Había  suficiente para seguir viviendo decentemente.

Carmen y sus hijos ahora estaban solos. Fue una decisión difícil pero la libertad y el dinero lo valían. No hubiera violado a la Carolina… Entre lágrimas secas, la mirada llena de alivio y con voz fuerte se justificó Carmen. Quizás Carmen había callado ese resentimiento por mucho tiempo y solo necesitó una excusa para que su trauma la presionara a hacerle justicia a su hija. Perder el pan en la mesa había sido el temor pero encontró una salida, al menos para su marido.

Cuando no había corta, y ya los quehaceres de la casa estaban hechos, el pasaje de la populosa urbanización se convirtió en el escenario del amor prohibido de Carmen. De la mañana al atardecer, error tras error. Enamorada de uno de los dueños de las esquinas, dejaba que aquellos pequeños vieran lo que ningún niño debe ver. Carolina era su mejor cómplice pornográfica.

Ahora, sin disciplina, con dinero y libertad parecía no haber más que desear. Hay hasta con quién compartir el botín, así como fue planeado. Las fiestas, el humo de la carne asada barata y de la hierba cara, alcohol, drogas, sexo, insomnio y perreo. Todo estaba ahí en un mundo sin reglas, hasta que el cuerpo aguante o hasta que el dinero se acabe. Meses de excesos.

Casi cómo su papá, César y Neto tuvieron fe en que la escuela los haría mejores hombres, pero eso cambió cuando los expulsaron por no comportarse como los demás. Así como habían hecho con Carolina. Es que ellos no tenían porqué ser iguales, no a todos nos pasa. Eran agresivos, desobedientes y haraganes, el tipo de estudiante al que cualquier maestro le frunce el ceño. Es que eran un caso tan difícil, nadie creyó que valiera la pena desgastarse, sus papás no habían hecho su trabajo y la escuela no es para corregir esos errores.

Con esto, la poca fe sencillamente se acabó y dicen que eso es lo último que se pierde, pero ellos encontraron en aquellos cuerpos llenos de tatuajes algo más grande; poder y respeto. Valía más la calle, ella sí los aceptó. Además de los vecinos que por las noches sintieron lástima por aquellos dos pequeños y les daban donde dormir, los entretenían viendo la televisión, mientras su casa era la sede de ilícitos.

Carmen, ahora llamada Pitufa, sabía demasiado. Mientras tuviera el dinero, era útil. Más, la escasez de dinero coincidió con un cateo.Todos lo sabían, menos ella y sus hijos, que confiaban a qué si eso pasaba les avisarían para salir huyendo por los techos de todo el pasaje. En la madrugada, por orden girada desde la cárcel para los homeboys y sus postes dejaron el paso libre de la colonia para que la justicia hiciera lo suyo, de toda maneras la Pitufa ya no tenía nada más que ofrecerles más que su silencio, pero eso fue fácil de conseguir.

En aquella casa verde con techo de láminas viejas y ropa desordenada por un lado y otro, encontraron pistas de eventos que dejaron llorando a más de una familia. La Pitufa y su hija Carolina fueron condenadas a morir en la cárcel con una cadena perpetua disfrazada. El consuelo que el Spooky les dio fue suficiente; aceptar su condena y callar. Mejor viva presa, que ver morir a su familia y después igual tener la misma suerte que cualquier otra de sus víctimas; servir de carroña. Así de simple. Fue entonces cuando Carmen quiso pensar en César y Neto e irónicamente se los encomendó; Cuidámelos, que nada me les pase… cuidámelos.

Con una tía y con otra, de casa en casa es difícil dar de comer a más bocas cuando se trabaja en una maquila y se gana menos del salario mínimo, dios proveerá, pero quizás no hablamos del mismo dios. César y Neto han dejado aceleradamente de ser niños y hoy como hombres, deben seguir sobreviviendo. No hablan de sus papás, ni de su hermana. Pero si oyen y hablan y viven por el Spooky. Todavía aguantan la lluvia, hambre, patadas y golpes. Nacen por su madre, mueren por su barrio.

César, el mayor, moreno delgado, todavía con pelo parado, trabaja en un car wash por 4 dólares al día que serán suficientes para comprarle algo a su novia que quiere mantenerlo alejado de la calle, al menos hasta que su papá se dé cuenta. A Neto, esto le parece poco, no vale la pena trabajar de las 6:30am a las 7:00pm por esa cantidad. Timando a los que pasan por mi poste puedo obtener más que esa basura. Con una hija, una mujer que quiere apoyarlo y que con esfuerzos en un solar ajeno ha construido una champa de cartón y plástico, no parece ser suficiente. La vida debe ser más que seguir viviendo en la miseria, nadie respeta eso.

La gente no teme a los héroes, temen a los monstruos y a esos nunca los olvidan. Temor y respeto. Es fácil creérselo convertirte en eso si desde pequeño te dejan en un último plano. Matar sin cuestionar, morir sin quejas. Neto ha entrado a la pandilla y su misión es matar a su hermano. Eso es lo que su dueño le ha encomendado, la lealtad a un barrio que ni siquiera existe. César huye, pero ya casi no tiene para dónde.

En esta historia que al escribirla y releerla me suena poco creíble casi olvidaba a Guayito que casi no habla y a Roberto que tartamudea. Hijos del Spooky con Carmen y Carolina, ya están en edad de empezar la escuela, pero quizás esa tampoco no es una opción para ellos. Son también, como Neto y César,  tan diferentes y puede que no sepan comportarse como los demás, ni se sientan tan bienvenidos en la escuela como el resto, y no deberían ser como todos, porque no a todos nos pasa lo que a ellos y como yo, casi olvidamos a los espectadores más comunes de estos eventos.

En El Salvador una buena decisión en el proceso educativo de un estudiante tiene la capacidad de salvarle la vida y la de su familia y los maestros que entienden a la diversidad de esos estudiantes son héroes sin capa. Para Neto, César, Carolina, Guayito, Roberto y el mismo Spooky, la escuela pudo ser un cambio, una experiencia transformadora, restaurativa y significativa para ellos como para más del millón de pequeños que con sus diversas historias entran en nuestros salones de clases del sector público. Alguien tiene que creer en ellos, alguien tiene que creer y hacerlo importante, difícil pero importante. No podemos solo deshacernos de estos casos y estar satisfechos con creer haber hecho todo cuando la solución ha sido ignorarlos, expulsarlos, de la casi única alternativa de sus vidas. No podemos solo culparnos los unos a los otros. Podemos hacer más.

Enrique Quintanilla
Formador Docente

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