January 19, 2016 by Zoila Recinos

OLOR A MARCADOR

¿Qué me van a enseñar ustedes? Fue la pregunta que marcó ese día y muchos días siguientes.

El tono de la frase era retador. Solamente un experto que se ha empolvado los zapatos en patios de escuelas sabría que en el fondo de aquella pregunta el tono escondía inseguridad y no desconocimiento.

Recién bajé del bus, crucé la carretera y mochila al hombro, recorrí la polvorienta calle central del cantón, al llegar a la escuela nos recibió el maestro de Lenguaje y subdirector, de esto hace ya unos siete años. Me contó que recién regresaba de una beca en los EEUU,  desde ese día me inspira su creatividad, obstinación y amor por los estudiantes.

Este innovador docente era incrédulo de sus propios logros, en algunos momentos pensó que me burlaba de él al decirle que aprendíamos juntos. Me vi tentada a retarlo para animarlo. Sí, es ese el pequeño impulso de confianza e idealismo que muchos de nuestros docentes necesitan para continuar su desarrollo profesional. Más allá de charlas motivacionales o teorías obsoletas los formadores de docentes necesitamos creer, asombrarnos, aprender de las personas para las que trabajamos. Tener altas expectativas de un docente permite que recupere su confianza y empiece a creer más en sus estudiantes.

¿Qué me van a enseñar ustedes?  Su pregunta retadora daba vueltas en mi cabeza cuando desde la pantalla de la computadora planificaba “nuestra intervención en las escuelas”. La pregunta de Eduardo me empujó a modificar mi estrategia y decidí generarle crisis cuestionando su práctica y  la forma de aprendizaje de sus estudiantes. Su pregunta me obligó a ayudarle a pensar en sí mismo y en su rol como docente. Muchas veces no le caí bien, pero al final nadie avanza sólo con halagos.

Nunca pretendí enseñar algo a Eduardo, en cambio, me esforcé por animarlo a escribir, a compartir, a inspirar a otros.

Eduardo sigue siendo un docente admirado por sus estudiantes, pero hoy mucho más efectivo de lo que era hace 7 años: su clase involucra arte y literatura, tecnología y lectura; de manera autónoma sigue aprendiendo en cursos sabatinos, cursos en línea, y sobre todo en su salón de clases. Ha publicado sus experiencias en revistas nacionales y extranjeras. El acompañamiento que recibió no lo es todo, pero fue factor fundamental en su crecimiento profesional.

¿Qué esperamos entonces para que Eduardo, desde su experiencia inspire a otros? ¿Por qué él no esperó un título de maestría o doctorado para desarrollar iniciativas en su clase?

Muchos procesos de “formación docente” siguen buscando a los “mejores profesores” para seguirlos especializando aún más y siguen ignorando al resto. Esa mirada excluyente definitivamente no es lo que necesita el sistema educativo en El Salvador. Eduardo no es el mejor, es un líder que aprende a diario, que se frustra cuando sus compañeros de escuela no andan a su velocidad, le incomodan las excusas de otros compañeros para no dar lo mejor de ellos mismos,  aún se le hace difícil  reconocer los pasos pequeños de otros, es tan exigente que le angustia la urgencia con la que nuestra educación necesita transformarse. Las capacitaciones aún no le ofrecen las herramientas suficientes para animar a sus compañeros a moverse más rápido y volar como él. Eduardo tiene un listado de temas como respuestas a su pregunta ¿Qué me van a enseñar ustedes?

Identificar docentes con vocación, animar a seguir aprendiendo, inspirar a repensar el aula son algunos objetivos esenciales en cualquier espacio de desarrollo profesional que piense en los maestros como gestores del conocimiento y no como tablas rasas. Algo bastante evidente para los que a diario sentimos el olor del marcador.

Nuestros profesores necesitan mejorar, es incuestionable, la mayoría sigue viendo a los estudiantes como recipientes vacíos que hay que llenar de información a través del dictado y la memorización. Pero también es de reconocer en los docentes el valor y la fortaleza que han tenido para enfrentar una sociedad que los ha ignorado en tiempos y espacios que no son los suyos,  que han suplido con amor lo que el sistema, el currículum, los técnicos, y “expertos” no han sabido diseñar.

Este sistema que exige a Eduardo dejar  su vida y su familia por una capacitación el fin de semana, mientras otros no llegan a trabajar porque convencieron al doctor de una enfermedad imaginaria, es el mismo sistema que le exige ciegamente mejores calificaciones en la PAES desde una oficina de un experto que ya olvidó el olor a marcador.

El sistema público de educación no fortalece a los docentes de una manera inclusiva según sus necesidades de formación, tristemente sigue ignorando las dificultades y exigiendo más a los que dan más. Necesitamos escuchar de los relucientes escritorios soluciones con seriedad ante los vicios, enfermedades e incongruencias del sistema; soluciones que muestren a Eduardo que no está sólo en el reto de educar en una de las sociedades más violentas del mundo; para ello hay que empolvarse los zapatos en los patios de las escuelas.

Zoila Recinos,
Coordinadora de Formación Docente

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